Por Ing. Carlos José López Castañeda
La agricultura en la costa peruana enfrenta un desafío crítico que amenaza la sostenibilidad de sus 900 mil hectáreas cultivables: la salinización. Se estima que, debido a la ausencia de lluvias, las altas temperaturas y, en muchos casos, un manejo inadecuado del riego, más del 30% de esta superficie (más de 270 mil hectáreas) ya presenta problemas graves de salinidad.
Este problema no es menor; una encuesta realizada a jefes de fundo en Lima e Ica reveló que casi el 70% identifica la salinidad como un problema activo en sus campos. Sin embargo, para combatirla, primero debemos entender que no todos los "suelos salados" son iguales
El manejo agronómico cambia radicalmente según la naturaleza química del problema. Es vital diferenciar tres condiciones:
Suelos Salinos: Tienen un exceso de sales solubles (CE > 4 dS/m) pero mantienen una buena estructura física (floculados). El daño principal es hacia el cultivo, no al suelo en sí.
Suelos Sódicos: Son los más difíciles de manejar. El exceso de sodio (PSI > 15%) provoca la dispersión de las arcillas, destruyendo la estructura del suelo, tapando los poros y bloqueando el drenaje y la aireación.
Suelos Salino-Sódicos: Presentan ambos problemas. Requieren un manejo muy especial, ya que si se lavan las sales sin precaución, se puede lixiviar el calcio y magnesio, transformando el suelo en sódico puro y empeorando su condición física.
El efecto más inmediato de la salinidad es la "sequía fisiológica". Aunque el suelo esté húmedo, la alta concentración de sales retiene el agua con tal fuerza que la planta debe gastar una energía excesiva para absorberla, reduciendo sus reservas para crecimiento y producción.
Además, el pH alcalino asociado a estos suelos afecta severamente la disponibilidad de micronutrientes claves:
Hierro (Fe): Su solubilidad cae drásticamente a pH > 7.5; la actividad del $Fe^{3+}$ decrece 1000 veces por cada punto que sube el pH.
Zinc (Zn): A pH alcalino y con presencia de sodio, forma zincatos solubles que se pierden, o precipitados insolubles a pH > 7.
Manganeso (Mn): A pH > 8 tiende a formas insolubles ($Mn^{4+}$) que la planta no puede tomar.
La recuperación de estos suelos es posible con un enfoque técnico riguroso. Aquí las etapas fundamentales:
Es crucial analizar la salinidad (CE), el pH y el Porcentaje de Sodio Intercambiable (PSI). Se debe tener cuidado con los laboratorios, ya que no todos usan el método estándar de "extracto de saturación", lo que puede llevar a interpretaciones erróneas y malas decisiones.
Antes de intentar lavar las sales, se debe asegurar que el agua pueda salir. El subsolado profundo es vital para romper capas duras (caliche), comunes en zonas como Villacurí (Ica), y mejorar la infiltración.
Consiste en aplicar un volumen de agua superior a la evapotranspiración del cultivo para "empujar" las sales fuera de la zona radicular.
Caso de Éxito: En un suelo arenoso de Herbay Alto (Cañete), una práctica de lavado bien ejecutada logró reducir la Conductividad Eléctrica de 7.94 dS/m a 0.89 dS/m, habilitando el terreno para el cultivo de palto.
Calcio y Potasio: Aplicar calcio ayuda a desplazar el sodio del suelo, y el potasio reduce los efectos enzimáticos inhibidores de la salinidad.
Nitrógeno: Se recomienda priorizar fuentes nítricas sobre las amoniacales para reducir la absorción de cloro.
Enmiendas: El uso de yeso agrícola, azufre o ácidos debe elegirse según la presencia de carbonatos en el suelo.
La salinización es una amenaza creciente que no se detendrá sola. Sin embargo, con un diagnóstico correcto que diferencie entre salinidad y sodicidad, sumado a prácticas de lavado y fertilización estratégica, es posible recuperar la productividad de nuestros campos. La clave está en dejar de tratar al suelo como una "caja negra" y empezar a gestionar su química con precisión científica.